Barajas
Las diferentes fuerzas de seguridad del Estado están en alerta máxima tras la detención, ayer, de ocho individuos acusados de pertenecer al comando Donosti de ETA. El consejero de Interior, Javier Balza, ha asegurado esta misma mañana que su departamento y el ministerio del mismo ramo están en "alerta máxima" tras esos arrestos y ante la hipótesis "muy real" de que la organización terrorista "está intentando reconstruir sus comandos y actuar". Partiendo de la presunción de inocencia, que en un Estado de Derecho siempre se debe salvaguardar hasta que se produzca un juicio y la consiguiente sentencia, los últimos acontecimientos resultan sumamente intranquilizadores, máxime cuando, al parecer, de nuevo, hay armas de fuego y explosivos de por medio. La izquierda abertzale política, atribulada tras el atentado de Barajas, parece empeñada en que los demás agentes se abstraigan de la existencia de ETA y se centren, únicamente, en sus propuestas, insistiendo en que "la paz está al alcance de la mano". La mención a la cercanía de tan tentador horizonte parece destinado a restar importancia a la vigencia del último comunicado de la banda, que no ha sido corregido a día de hoy. Batasuna no podrá aspirar a hacer política mientras no remueva del camino el obstáculo de ETA. Nadie va a aceptar ya ningún asomo de tutela ni de reparto de papeles. Otegi muestra una cara amable, explicitando continuas ofertas para explorar las vías dialogadas, proclamando el cumplimiento escrupuloso de la Ley de Partidos por parte de ASB, mientras los terroristas se reservan cualquier tipo de acción en función de cómo se desarrollen los acontecimientos. Ese esquema es inaceptable por antidemocrático. Recuerdo, como ilustrativa experiencia personal, la presentación de la propuesta de Anoeta, el 14 de noviembre de 2004. Me acerqué para ejercer mi labor profesional a un acto que se caracterizó por deformar el pasado para justificar el presente, cualquiera que éste hubiera sido. Otegi, con tono beatífico, rama de olivo en mano, ofreció diálogo, acuerdo y respeto a la pluralidad. A la salida, a trompicones, porque había mucha prisa en sacar a los periodistas del Velódromo, debió repartirse entre los presentes, como si fuera un hito, el número cien del Zutabe de ETA. Al día siguiente supe que me dedicaban media página, fotografía incluida, llamándome periodista-policía, epíteto de mal augurio por estos lares. Si a eso se añade una carta previa a modo de salutación mafiosa y otra aparición nueve números después en la misma siniestra publicación, no quedan muchos motivos para creer ni en ese respeto a la pluralidad, ni en la supuesta voluntad de diálogo, ni en un acuerdo basado en la libertad para expresarse. Eso es lo que no sirve, tender la mano mientras se mantiene latente la amenaza. Cualquiera que viva en Euskadi o siga de cerca la realidad vasca sabe que está descartada la posibilidad de que Batasuna condene a ETA o se aleje de ella, porque son extremidades del mismo organismo. A partir de ahí, si de verdad se quieren abordar las cuestiones políticas en igualdad de condiciones para todos, la izquierda abertzale en su conjunto debe rechazar la práctica de la violencia como instrumento para alcanzar objetivos que sólo corresponde definir a las formaciones representativas. Mientras se juegue con dos barajas no habrá avances, y la única alternativa será el retroceso. El atentado de Barajas, nombre evocador en este caso, descarta definitivamente cualquier proceso con reglas implícitas. Causó dos víctimas mortales y nadie puede actuar como si no hubiera existido. No sirve blandir el esquema de Anoeta mientras el espectro de ETA sobrevuela. Es el eterno problema. Los ilegalizados, que siempre hablan en nombre de un pueblo vasco que, de forma abrumadora, les niega su apoyo, son una mera corriente política minoritaria más en un escenario sin violencia. Conforme pasa el tiempo su fortaleza pretérita se desgasta hasta límites insospechados hace pocos años. Por muchas maniobras de distracción que activen, saben que les quedan dos posibilidades: o dan la batalla política a pecho descubierto e intentan reconstruir el espacio histórico de la izquierda abertzale, en torno a un 15% del electorado, tampoco mucho más, o siguen de comparsas de una banda cada vez más grapizada y enfrentada a la sociedad vasca. La alternativa de negociar desde la posición de fuerza de tener a ETA detrás no sirve, por el rechazo que esa posibilidad produce en Euskadi. No en Madrid o en España, sinónimos de enemigo aborrecible para los radicales y sus adláteres, sino en la propia Euskadi. Por eso, están obligados a jugar con una única baraja, la política, antes de quedarse sin cartas.
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